Las leyes de Murphy, serendipias y otras rarezas con almendras

Tras una semana de escaso descanso, llegó un jueves que podía ser más relajado. Sin embargo, JR (lo recordarán de series como Dallas), tenía un examen de Inhibidores Parasintéticos 2 y me pidió un poco de colaboración. Como durante esta semana ya había “dormido” dos días en su casa, no me importaba un tercero, así que accedí a acompañarlo en la tediosa tarea de preparar dicho examen.

Mientras él repasaba, yo comencé a leer un libro de sus pobladas estanterías. Eran “Las leyes de Murphy”. A pesar de lo que pueda parecer, dichas leyes no las enunció Murphy, sino que, como el propio libro aclara, las enunció un hombre que se llamaba igual que él.

Tal elección en la lectura iba a suponer un cúmulo de serendipias con resultados catastróficos.

Los sucesos comenzaron bien temprano del viernes. Bueno, en realidad, no TAN temprano. Me desperté a las 10 y media de la mañana, y JR reposaba en su lecho. El examen debía comenzar a las 9.

Con la tristeza invadiendo nuestras almas, decidimos acudir a mi cita con JP (no, no es un imitador del ZPresidente). JP debía imprimir un documento muy importante para mí, pero otra serendipia se acercaba cautelosa, de manera que no pudimos oirla llegar. La impresora en red se había quedado sin tóner. Como JP es un hombre precavido, de ésos que sí saben programar un despertador, cargaba con su portátil, ojo avizor de los efectos que las Leyes de Murphy provocan en la naturaleza. Pero como tal bella colección de leyes indica, las desgracias nunca llegan solas. No había conexión inalámbrica en la zona. Así que tuve que buscar una fuente de impresión alternativa. Esta vez, no hubo más inconvenientes.

Las horas pasaron, sin pena ni gloria, hasta que, demasiado confiado, fui algo tarde al hogar (por llamarlo de alguna manera) a preparar la maleta para coger mi medio de locomoción más odiado. Todo estaba controlado. O no. Cuando esperaba la llegada del autobús, me percaté de que olvidaba algo, algo muy importante.

Iba a perder el autobús. Volví a casa, recuperé el maldito engendro olvidado, y salí de nuevo en búsqueda de fortuna. Esta vez la hallé. No había recorrido ni doscientos metros cuando un precioso taxi, desprendiendo un bello color de esperanza, se pavoneó frente a mí.

Corolario: Dios aprieta, pero no ahoga.

5 Responses

  1. Cualquier día en vez del móvil te dejas la cabeza, ya verás.

  2. Es serendipia, no serindipia… Sin acritud.

    Edited by Penyaskito: CORREGIDO. Gracias.

  3. Bueno, ahora leyendo ya el post…

    Las horas pasaron, sin pena ni gloria…

    ¿Como que sin pena ni gloria? ¿Y las partidas al futbolin donde te las dejas? Hay hubo penas, glorias, risas…

  4. Pedro, ese no era el hilo argumental😛

    ¿En cuántos días se desarrolla la historia del juego Monkey Island? ¿Has llevado ya a tu personaje a ducharse, orinar y defecar?

  5. Esa tampoco viene en el diccionario de la real academia. ¿Tengo que dejar de buscar las palabras que no conozco en el diccionario y empezar a hacerlo en la wikipedia? Es que después de que la wiki me la jugó con computabilidad y complejidad, no me apetecía mucho.

    Me alegro de que al final llegaras al autobús.

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